Vuelven los recuerdos de la cama 108 (ni siquiera era una habitación, era una simple cama con sábanas apelmazadas y olor a desinfectante) y los pasillos blancos. Memorias de gritos ahogados en lágrimas y vasos de plástico con muchas pastillas. Al menos el vaso tenía mi nombre... pero nunca supe ni sabré quién había decidido que tenía que tomar esas capsulitas; ni siquiera llegué a establecer contacto visual con esa persona. O tal vez sí... todo estaba demasiado borroso. Recordar nunca es bueno, y es especialmente desagradable ahora. Recuerdos doblados, rotos en mil pedacitos y recompuestos otra vez. Recuerdos con grietas. Recuerdos en forma de aviones de papel que vuelan sobre los recovecos de mi desgastada inspiración para acabar estrellándose en el blanco de mis ojos. Yo siempre preferí los barquitos, eran más inofensivos. Diana. Devolvedme los cordones, por favor, sin ellos se me salen las zapatillas... ¿Hay algo que pueda hacer para convenceos de que no me los ataré alrededor del cuello?
Si hay algo que me han enseñado todos estos años de espionaje de la escena (desde mi rincón, siempre desde mi rincón, con una taza de té templado entre las manos) es que algún día yo estaré en tu lugar. Lo que viene después no está escrito en ningún libro, así que solo puedo imaginarlo. Quizás podremos volar, y amar, y jugar al poker, y sobre todo, no dormir nunca. Ese día. Quizás.
Solo espero que los mejores años de mi vida estén aún por llegar. Aunque creo que seré capaz de vivir con la incertidumbre.
Lo que más me preocupa es no poder convertirme en todas las personas que necesito ser, porque realmente dudo que esta te valga. Yo...
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